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martes, 2 de febrero de 2021

La esencia de la magia

Cierro los ojos y oigo tu voz. Más atenuada cada vez, igual que tu recuerdo. 

Quiero soñar contigo, disfrutarte en el único lugar en el que puedo hacerlo ya, lejos de miradas ajenas, de dudas y reproches, lejos de la misma realidad que me rodea ahora. Quiero verte sonreír siendo yo el objeto de tu sonrisa. Quiero un abrazo, largo, apretado y sentido. Uno de esos abrazos que te reinician y te recargan la energía. De esos abrazos que nos dejamos de dar y que no deberían jamás haber desaparecido. Un abrazo en el que nos sintamos solos e infinitos. 

Infinitos.

Hace mucho tiempo, cada vez que pensaba en ti, sonreía por dentro y por fuera. Sonreían mis labios y sonreía mi corazón. Ahora la sonrisa cada vez está más escondida y se abre paso una enorme mariposa que no hace cosquillas, duele. Mi cabeza, sin embargo, es más consciente. Sabe que hay que superar esto, superarlo de verdad y para siempre. Aunque aún no sabe cómo ni cuándo se logrará. 

Te imagino allí, en aquel lugar donde fuimos, donde yo dejé de ser y tú te quedaste siendo. Allí sigues siendo magia. La magia que hace que hoy, tras tanto tiempo, seas ese diamante que sobresale por encima de todos los demás. Dejaste allí esa magia, tu magia, para que yo pudiera llenarme de ella un poquito cada vez que recorra aquel lugar. En rincones que conocí contigo dejaste esas chispas que me estremecen al pasar. Ojalá sean eternas. 


Algún día, cuando mis arrugas y mis canas escondan quién fui, hablaré a alguien de ti, de tu color, de tu risa, de tu tristeza,  tu miedo, tu dolor. E intentaré no manchar mis palabras de idealismo, pronunciando tu nombre con seguridad, firmeza y cariño. Ese cariño que se mezcló con tu esencia e hizo su propia magia.

viernes, 17 de enero de 2020

La luz que quiero que entre

Miro las hojas balancearse sobre los árboles desde mi ventana, agarradas a las ramas con fuerza hasta que llega el momento de soltarse y caer al suelo o ser presas del viento y ser transportadas lejos de quien que les vio nacer. ¿Sentirán miedo ellas? ¿Y qué ocurre con el árbol, está preparado para ese momento?

Hace mucho tiempo comprendí que jamás te entendería. Ahora soy aún más consciente de esa afirmación. No me puedo creer que miraras sus ojos y sintieras tanto odio dentro de ti. En lugar de dejar paso al orgullo bueno, decidiste dejar salir al malo, ese que destrozó tanto cuando vio la luz. Es increíble que fueras capaz de tantas cosas. He intentado perdonarte pero, aunque pensaba que lo había logrado, sé que nunca voy a hacerlo. Tampoco creo que lo merezcas.

La oscuridad en la que me sumiste la comparo ahora con la luz que yo quiero que entre. No me conformo con aquella que dejan pasar las ventanas, derribo paredes para conseguir aún más claridad. Porque mi corazón me pide eso. Entiendo que a ti el tuyo te pediría crear dolor y sufrimiento.

Destrozaste algo que creaste con todas tus ganas e ilusión, le pusiste trampas y te quedaste a contemplar cómo caía en ellas, dejaste que confiara ciegamente en ti para luego clavar puñales por la espalda. Y jamás te arrepentiste. Nunca quisiste romper las cadenas y dejarle volar, que saliera de tu jaula para ser todo lo grande que el mundo le permitiera. Contrariamente a esto, estuviste a punto de cortar sus alas para siempre y que nunca más pudiera volver a alzar el vuelo.

Hay almas que están podridas, no sé en qué momento llegan a ese estado de descomposición, si empiezan poco a poco o sucede de golpe, sin embargo no dudo que lo que siempre acaban dejando es el olor desagradable de la putrefacción. Y es un olor que cuesta horrores eliminar del todo, que por más flores que broten alrededor siempre habrá algún resquicio de aquel descompuesto que amargará la tierra mucho tiempo después de haber desaparecido.

¿Hasta cuándo durarás tú?

jueves, 13 de junio de 2019

Un camino de la mano

Alguien me dijo una vez que eso no existía. Supongo que dependerá de muchas cosas, como todo. ¿Pero de verdad ha podido pasarnos a nosotros?

Hace años me hubiera reído en la cara de quien dudara de lo nuestro, de quien se atreviera a insinuar que alguna vez se acabaría. Hoy agacho la cabeza y asiento con resignación. La gente cambia, crece, madura, envejece, sus prioridades cambian, sus gustos cambian pero creo que tú directamente te has convertido en otra persona. Alguien que de haber conocido ayer no hubiera mantenido en mi vida más de cuatro días. Puedes devolverme la baza diciendo que yo he cambiado, pero ambos sabemos que no es así. A mí se me veía venir de lejos, siempre he tenido claro lo que quería y lo que no, pasar en el infierno una temporada es lo que tiene, pero tú has pasado de querer el color blanco a querer el negro, sin grises de por medio. Y lo siento mucho pero yo ya he tenido suficiente negro en mi vida.

Lo peor de todo es que no voy a echarte de menos, no lo hago desde hace mucho, no he notado tu ausencia porque no te necesito. Ni tú a mí, está claro.

Volver la vista atrás me hace darme cuenta de lo inocentes que éramos, pensando que nunca se separarían nuestros caminos, que siempre seguiríamos la vereda con tanta cercanía que podríamos ir cogidos de la mano, como hace tanto tiempo hacíamos. Pensábamos que al final del recorrido seguiríamos ahí como siempre, como hasta entonces. Y ahora me doy cuenta de que hace mucho que tú giraste hacia una dirección y yo en la contraria.

He negado todo esto. He negado lo que claramente veían mis ojos porque mi corazón no estaba preparado para aceptarlo. Tenía miedo. Tenía miedo de no saber vivir sin ti, de necesitarte, de echarte de menos. Y lo más triste de todo es que no he sentido nada de eso. Cuando te miro a los ojos ya no soy capaz de entenderte, para mí eres una persona extraña y tu sola presencia me hace sentir incómodo. Hace tiempo teníamos tanta complicidad y tanta confianza que nuestros silencios estaban llenos de emociones, de palabras. Ahora no queda nada. Hace tiempo tenía claro que mataría por ti, que hubiera recorrido el mundo de haber sido necesario. Ahora sé que no lo haría y que tú tampoco lo harías por mí.

Ambos sabemos que la historia acabó hace tiempo. Se quedará para siempre grabada en las hojas escritas a mano que guardamos en algún rincón de aquella ciudad que creíamos que nos pertenecía. Sellamos con nuestros labios lo que ya no existe. Y solamente puedo estar agradecido de que hayamos formado parte de una historia que, viva o muerta, seguirá existiendo en algún lugar perdido de nuestra memoria.

domingo, 5 de mayo de 2019

Día de la madre

Hasta hace muy poco este día para mí no significaba mucho. Solamente podía dar las gracias a  una madre con cuerpo de hombre. Sin embargo, de un tiempo a esta parte he conocido a alguien nuevo, especial, que me ha hecho replantearme cosas que tenía bien escondidas dentro de mí.

He asumido responsabilidades y he empezado a hacer los primeros de los muchos sacrificios que me quedan todavía por esta personita que hace poco llegó a mi vida. Y lo que más me llama la atención es que sé que sería incapaz de hacerle daño a propósito ni desearle nada malo. Jamás.

Mi corazón no puede entender (y mi cabeza no es capaz de tratar de explicárselo) cómo podría llegar a sentir envidia si le sucediesen cosas buenas, si consiguiera sus sueños, si tuviera buenos amigos, si encontrara un amor bueno, en definitiva, si fuera feliz. De hecho, esos son mis objetivos, mi propósito final, incluso cuando coja las riendas de su propia vida: que sea feliz. No sería capaz de mirarla a la cara y decirle que la odio, principalmente porque sería mentira. Me sería imposible usar mi mejor arma para causarle daño alguno. Y, sobre todo, no creo que pudiera desear que algo malo le pasara.

No es la primera vez que alguien me provoca pensar aquella frase típica de "su felicidad es la mía", y puedo asegurar que si nadie ha sentido eso alguna vez se está perdiendo uno de los mejores sentimientos que se pueden experimentar. El dolor, el sueño, el cansancio, la desesperación, la energía, las fuerzas. los ánimos,... todo lo que haga falta sacrificar para conseguirlo. Y que no pese, hacerlo con ganas y con ilusión.

Siempre he creído en los milagros, pero aún hoy soy incapaz de hacerme a la idea de que hay un milagro que he creado yo. Mirar su carita y saber que podría estar horas haciéndolo. Ver cómo crece y saber de su necesidad de mí (de nosotros) para seguir haciéndolo. Llenar habitaciones con su sonrisa. Perderme en sus ojos. Sentir que agarrarse a mi mano es todo lo que necesita para saber que todo está bien, que todo va a ir bien. Ser su todo y corresponderle. Hacerla feliz. Siempre. 



martes, 29 de enero de 2019

Llamas

Sigo buscándote. Allí donde ya no queda nada, ni siquiera las cenizas que un día quedaron tras las llamas que encendimos. No queda tu olor, ni tu sonido, ni las huellas de tus zapatos en el suelo. Lo único que queda ya soy yo. Siempre esperando, siempre volviendo a aquel lugar por si decidieras aparecer.

No sé qué te diría. Es posible que volviera a agachar la cabeza, emitir un fino, susurrante y quebradizo "qué tal" y todo quedara como siempre. Aunque me engaño pensando que tú me sonreirías, se te iluminarían los ojos y harías ademán de abrazarme como si fuéramos viejos amigos. Viejos quizá sí, amigos no lo veo tan claro.

Todo esto ya lo viví contigo, aunque nunca fue real. Todo lo que adorna mi vida ahora, siempre quedará guardado en un rincón de mi interior como si lo hubiéramos vivido juntos, allí donde guardo todo lo que viví junto a ti. Allí guardo hasta todo lo que nunca sucedió, que a decir verdad, es más de lo que vivimos. Me sigo recriminando el hecho de que quizá todo fue por mi culpa. Me encierro en los "y si..." y me fustigo a menudo con los recuerdos, los vividos y los soñados.

Quiero verte pero me niego a buscarte. Me conformo con venir aquí, a este sitio al que seguramente nunca acudas, del que quizá ya ni recuerdes donde queda, que es posible que ni exista para ti. Porque soy incapaz de reunir el valor para decirte directamente y sin rodeos que te echo de menos. No sé si podría volver a tenerte en mi vida porque me he alimentado de tu recuerdo, y quizá solo sea la sombra de lo que eres hoy. Y eso también me da miedo descubrirlo, no quiero cerciorarme de que te has perdido, de que te perdí. De que todo aquello que te hacía un ser mágico ya no existe y seas solo otro ser terrestre más. Me encantaría volver atrás el tiempo, aunque solo sea durante unas horas, para poder contemplarte y disfrutar de todo aquello, de nosotros. Pero sé que es un pensamiento ilógico, no sólo porque sea imposible, sino porque es probable que ni tú ni yo seamos los mismos de entonces, y que descubramos que esa llama que aún parece que sigue intacta. se apagara hace tanto tiempo que lo único que quede sean témpanos de hielos entre los que morir de frío.


miércoles, 13 de junio de 2018

El cuento

Había una vez, en un país muy lejano, una pequeña princesita a la que le encantaba cantar. Siempre iba cantando allá donde fuera. Vivía en un gran castillo que se encontraba en un precioso bosque en el que habitaban miles de animalitos. La pequeña princesa solía salir a pasear, cantando canciones y visitando a sus amigos del bosque, mientras un espléndido sol brillaba en el cielo, otorgando al lugar una luz especial.

La vida de la princesita era muy especial. Pasaba mucho tiempo paseando por el bosque. Solía ir a visitar a su amigo el gusanito de seda, el cual estaba muy triste porque de mayor soñaba ser una gran y colorida mariposa y los demás gusanitos se reían de él. La princesita entonaba sus canciones para reconfortarle. 
También iba a jugar frecuentemente con su amigo el cervatillo, el cual a veces estaba también triste porque a su papá murió a manos de un cazador y ahora sólo tenía a su mamá. La princesita le cantaba al cervatillo canciones alegres para que no estuviera triste. 
Otras veces iba a la madriguera de su amiga conejita, que vivía con su mamá conejo y su papá conejo. La mamá conejo había estado enferma desde que conejita nació y nunca había podido tener más conejitos, así que papá conejo y conejita ayudaban y acompañaban a mamá conejo como la gran familia que eran, demostrándose su amor constantemente. La pequeña princesa adoraba cantar con conejita.
Así, la pequeña princesa pasaba los días, visitando a unos y otros amigos. entonando canciones. 
Sin embargo, hubo un día en el que la princesita no pudo cantar, pues no fué capaz de hacerlo. Las hadas del bosque dijeron que el problema estaba en que su hada madrina la había abandonado. La princesita esperó y esperó, pero su hada madrina nunca volvió. Tras un tiempo, la princesita se recuperó y volvió a cantar, incluso aprendió nuevas canciones.

Por otro lado, la vida en el castillo era difícil. En él vivía una malvada bruja que sumía todo el castillo de oscuridad, ocasionando llantos y sufrimiento a los que vivían en el castillo y a los que lo visitaban. El padre de la princesita quiso luchar contra ella pero nunca consiguió ganar la batalla, aunque siempre se preocupaba de hacer feliz a la pequeña princesita y a la princesita bebé que acunaba en sus brazos. Aún así, la princesita no dejaba de cantar, daba igual cuanto llorara que volvía siempre a entonar sus canciones. 

Un día, en el silencio de la noche, la princesita se despertó por un gran resplandor que sólo duró unos instantes, pero que se llevó a la malvada bruja para siempre. La gente no podía creerlo, parecía un milagro. Pero la princesita siempre pensó que su hada madrina se la había llevado con ella para volverla buena y que formara parte de las hadas del reino del cielo.




 
 Este cuento es real. Esa princesita existe pero no lleva corona.

Aún me sorprende que gente que me conoce bien, desde hace años, que sabe ciertas cosas de mi vida privada y de la gente cercana a ella, me diga que vivo en otro mundo. Quiero dejar claro que no tenéis ni puta idea. Sé de sobra que los animales no hablan, que no llueve purpurina, que cantando no se solucionan los problemas, que ningun príncipe va a venir a rescatarme de las garras de una malvada bruja, como tampoco va a venir ningun hada a hacer realidad mis sueños, que hay que trabajar y ganarse el pan, que hay que luchar por lo que uno quiere y que no siempre puede conseguirse, que hay responsabilidades para toda la vida y que los problemas vienen y no podemos hacer más que vivir con ellos y tratar de solventarlos si es posible. Pero también sé que sólo tenemos una vida y que de cada uno depende el vivirla feliz, con ilusión y con sueños. Sé que no pasa nada por no conseguir aquello por lo que hemos luchado porque siempre vendrán nuevas cosas por las que luchar y que merezcan también la pena. Sé que el pasado forma parte de nosotros mismos, de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos. Un tal Rafiki dijo una vez que "el pasado puede doler pero que puedes huir de él o aprender". Yo elijo aprender. No hay nada que haga más a una persona que las vivencias que va teniendo.

¿Cuál es tu cuento?

sábado, 31 de marzo de 2018

Princesa, que te vaya bien

Me encuentro al fondo del pasillo, apoyando mi hombro derecho contra la pared y con las manos en los bolsillos. No puedo dejar de mirarte porque creo que jamás te he visto tan preciosa. Hasta esa sonrisa que luces hoy brilla distinta. Me muero de ganas de acercarme hasta ti y hacerte ver que estoy aquí, que no me he ido todavía.

No sé si aún sentirías ese pellizco en el estómago si te cruzaras con mis ojos. Quizá temblarías de nuevo si nos encontráramos en aquel parque, junto aquel árbol, esta vez siendo yo quien te entregara aquella rosa. Prefiero que pienses que no te he olvidado y que nunca lo haré porque significaste mucho para mí. Pero es posible que fuera una gran mentira. Quedémonos con aquellas primeras veces, las manos entrelazadas y los besos fugaces. Recordemos siempre aquellas miradas, las prisas, los escondites, las mentiras piadosas y las vergüenzas. Las noches sin dormir, las cosas que nunca nos dijimos y las palabras que ya jamás nos dedicaremos.

No olvides mirar atrás de vez en cuando para ser consciente de que el camino andado ha merecido la pena. Recuerda que estás cumpliendo sueños, y que no vale la pena recordar quién te ayudó porque tú sola lo conseguiste. Agradece todo lo dado pero no renuncies a tu valía. Perdona a quien no supo quererte y valora a quién supo hacerlo.

No te olvides de ellos, de los que te dieron la vida que te faltaba cuando todo se desmoronaba. Aquellos que nunca abandonaron y que supieron sacarte una sonrisa cuando más falta hacía, los mismos que te dieron fuerza mientras tus lágrimas se derramaban. Los mismos que llenaron tu vida de color.

Te pido que no llores, al menos no por mí, porque no me lo merezco. Te ruego que vivas, que rías y que seas feliz, porque tú sí que te lo mereces. Busca siempre esas manos que te dan la fuerza, disfruta de esos labios que sellas cada noche con tres besos, siente con ganas los abrazos que te llegan hasta el alma. Mira esos ojos y siente brillar los tuyos, utiliza sus palabras para seguir volando y no tengas miedo de caer porque sus brazos siempre van a sostenerte.
Y ámale, porque nadie más que él se lo merece.

martes, 31 de octubre de 2017

Pesadillas

De repente la luz se marcha para dejar paso a la oscuridad.

Se suceden distintos escenarios, a cada cual más extraño. No hay rastro de vida humana. En algunos escenarios puede notarse una brisa muy fría, provocando que mi cuerpo se estremezca. En otros escenarios no hay brisa, no hay aire, prácticamente cuesta respirar. Es imposible conocer el tamaño del espacio en el que me encuentro. Algunas veces siento agobio, otras veces respiro amplitud.

¿Oigo algo? Algunas cosas. Puedo oír el sonido de aves nocturnas, agua, el murmullo de las hojas de los árboles mecidas por el viento. Oigo susurros, lamentos y respiraciones. A veces si soy yo misma la que genera esos ruidos. Ya no sé si respiro o toso, si lloro o río. No soy consciente la mayoría del tiempo de lo que hago. Creo dar pasos hacia delante, pero nunca avanzo. Alguna vez he intentado correr pero no me he movido del sitio. O eso creo.

Cuando empiezo a acostumbrarme al escenario en el que me encuentro y a la oscuridad que lo cubre, cambio nuevamente de lugar. Al principio creía que tenía un destino concreto pero hace tiempo que dejé de pensar así. Ya no recuerdo cuánto tiempo llevo sumida en esta oscuridad. No sé si estoy viva o muerta, si soy joven o vieja. No sé si habrá alguien conmigo, observándome en silencio o gritándome y sin poder oírle yo. Tampoco sé si hay alguien en algún lugar que me eche de menos. Alimento mi alma suponiendo que hay alguien tratando de encontrarme. Sin embargo mi alma cada vez tiene menos fuerza, exactamente igual que yo. Mis fuerzas físicas hace tiempo que dejaron de existir, si es que alguna vez existieron. Mis piernas no me responden, mis manos no son capaces de llegar hasta mi rostro para tocarme la frente. De vez en cuando humedezco mis labios pasando mi lengua sobre ellos. No tengo sed, no tengo hambre. No siento calor, no siento dolor. Únicamente noto el frío cuando una brisa de viento helado me golpea. Y miedo.

Si hay algo por lo que me caracterizo es por el miedo. Es lo único que me identifica. Tengo mucho miedo. El miedo me paraliza, me golpea, me invade. Estoy llena de miedo desde el cuero cabelludo hasta la punta de los dedos de mis pies. Podría decirse que llevo ahora el apellido del miedo.
Y me encanta.

Al principio sufrí mucho, puedo recordarlo vagamente. El miedo llegó hasta mí poco a poco, haciéndose hueco en silencio. Hasta que un día penetró en mí violentamente y ese fue mi final y su comienzo.
Sin embargo, me he acostumbrado a él. Es parte de mí, de quien soy. Ya no sé ser sin miedo, lo necesito para seguir vagando. Ahora es como si el miedo fuera yo misma. Como si el miedo fuera yo.




Un estruendoso grito en el silencio de la noche. Una persona despierta de un salto en su cama. Está empapada en sudor, temblando y con la respiración muy agitada. Alguien a su lado le acaricia el brazo y le susurra al oído:

- Tranquila, cariño, sólo ha sido una pesadilla.

lunes, 27 de marzo de 2017

Ni en el cielo, ni en el infierno

Sólo unos pasos se oyen en el silencio de la noche. Mis propios pasos avanzando lenta y decididamente por la escalera de metal. Sonrío imaginando tu nerviosismo a cada paso que doy, porque cada vez me acerco más y no tienes ni idea de lo que quiero.

He elegido una buena noche. La luna brilla en el cielo plagado de estrellas. Un silencio absoluto reina en el lugar en el que nos encontramos. Hace una noche de verano estupenda, de esas en las que podríamos quedarnos fuera tumbados en el capó del coche hablando de la vida. Pero bueno, vamos a hablar de la vida esta noche. Y de cuánto vale la tuya.

Estoy llegando a la puerta. Todo está a oscuras, pero me llega la luz de luna suficiente a través de las ventanas para conseguir meter la llave en la cerradura. Con un lento pero seguro movimiento de muñeca abro la puerta. Ahí estás, puedo sentirte aunque el espacio esté sumido en una total oscuridad. ¿Qué estarás haciendo? ¿Estarás intentando ver dónde estoy exactamente? ¿O tendrás los ojos cerrados? Me inclino hacia la izquierda hasta alcanzar el interruptor de la luz. En seguida, unos focos deslubrantes iluminan de blanco nuclear el lugar. Guiñas los ojos y parpadeas varias veces. La luz te ciega y no consigues verme aún con claridad. Tus manos siguen atadas y tu boca amordazada. Estás de rodillas en el frío suelo.

Sonrío y me acerco lentamente hacia ti. Conforme mis pasos avanzan intentas levantarte pero, en el momento justo, consigo hacer que vuelvas a posar tus rodillas en el suelo colocando mi mano derecha sobre uno de tus hombros. Emites un gemido y un suspiro. Paso un dedo por tu barbilla y hago que levantes la cabeza y me mires. No me gusta lo que veo, no hay miedo en tus ojos, no hay duda, no hay temor de ningún tipo.

- ¿Te has resignado? - Dejo de tocarte y me coloco delante de ti, apoyando mi trasero en un bidón oxidado. - No puedo creer que te dejes vencer tan rápido. No voy a permitir que lo hagas. No mientras yo siga condenado. Y, no sé si eres consciente, de que voy a estar condenado para siempre.- No dices nada, ni emites sonido alguno. Hago una pausa. - Quizá debiera ser más duro contigo. A lo mejor debiera ser tan duro como mi vida lo está siendo ahora para mí. Igual el ojo por ojo aquí podría funcionar. ¿Qué me dices? - Nada, me miras sin que ni una sola emoción asome en tu rostro. - Parece que has olvidado que aquí ahora mando yo. - Me levanto y comienzo a caminar a tu alrededor. - ¿Sabes? Había vuelto a ser feliz. Después de todo lo que pasé había vuelto a soñar con estar vivo, con vivir para siempre. Volví a creer que la felicidad lleva a su lado un nombre de mujer. Volví a disfrutar de la libertad, del "para siempre". Pero qué infeliz me volví de repente. Se desarmó todo de golpe, y los pedazos que cayeron al suelo rompiéndose para siempre llevaban tus huellas. Y ahora, que por fin te tengo aquí delante, con tu cuerpo y tu alma perteneciéndome te lo voy a hacer pagar todo. - Hago una pausa y dejo de caminar delante de tu cara. - ¿Te he dicho antes qué íbamos a hablar del precio de tu vida? En realidad no, tu vida no vale nada, tu vida es sólo mierda acumulada en una alcantarilla. Y esa vida tuya es la que me pertenece ahora. ¿Cuánto crees que podrías pagar a cambio de que te la devuelva? - Me agacho hasta estar frente a ti y retiro la cinta que cubre tu boca. Nos miramos fijamente tanto tiempo que podría dibujar cada uno de los detalles de tu rostro. Y, cuando creo que no vas a decir nada, que de ti solamente voy a seguir obteniendo silencios, tus labios se separan y pronuncias una frase para la que no tengo respuesta.

- No puedo pagar por algo que no existe desde que volví a permitir que el odio se apoderara de mí, incluso tras jurar que no volvería a dejar que me venciera.


viernes, 24 de marzo de 2017

Volví a pensar en ti. No tengo remedio.

Esta vez fue diferente. Porque ya no me importa que no seas tú, que nunca vayas a ser tú y, que en realidad, nunca lo fueras.

Y tengo claro que no serás tú quien me espere al final del pasillo, ni quien me mire como si fuera lo único importante en su vida. No serán tus ojos los que brillen contemplando los míos. Ni serán tus manos las que se enlacen con las mías como dos piezas de un puzzle que sólo encajan entre ellas. Ya no cierro los ojos y veo los tuyos. Ya no es tu cuerpo el que deseo desnudar.

No se puede volver a algo que ya no existe. Es hora de cerrar el libro, que la historia se acabó hace tiempo y no podemos seguir escribiendo nada cuando ya no quedan páginas. Sigamos llenando el que comenzamos después, aquel en el que nuestros nombres no aparecen juntos, en el que nuestros caminos no se cruzan nunca más y en el que no hay dudas de que en el final feliz no apareceremos nosotros dos.

Que los recuerdos sigan ahí, en ese lugar en el que los guardamos para no olvidarlos nunca. Asumamos que forman parte de nosotros, queramos o no. Y aunque nunca desaparece aquello que importó, por muy lejos que se vaya y mucho tiempo que pase, cuando se sustituye por algo más grande y más fuerte pierde su valor.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Signos

No puedo ver nada. Me duele la cabeza. Noto varias zonas de mi cuerpo como si tuvieran alfileres clavándose en la piel. Todo está oscuro y no huele bien. No sé dónde estoy. Tampoco cómo llegué. O sí...

Recuerdo luz, mucha luz. Y gritos. ¿Eran gritos de alegría? Risas. Sí, había risas, risas fuertes y sonrisas grandes mostrando dientes blancos y perfectos. Una casa en el campo, dos perros enormes corren a saludarme moviendo sus colas alegremente. Está anocheciendo. Una voz pronuncia mi nombre. Entro en la casa dejando fuera a los perros tras acariciarlos saludándolos también. Un portazo. Un copa de cristal que se rompe en mil pedazos al caer al suelo. Un grito ahogado. Oigo mi propia voz pronunciando un nombre en voz baja. Un "no" susurrado. Un golpe sobre una superficie de madera. Otro portazo.

Me duele la cabeza.

Parece que empiezo a ver algo. Estoy en un garaje lleno de herramientas perfectamente colocadas en tablas sobre la pared. La única luz que hay es la que entra por las pequeñas ventanas que rozan el techo del lugar, aunque es luz nocturna, es de noche. Sigue oliendo mal, aunque no sabría decir a qué. Mi cuerpo sigue soportando las punzadas que los imaginarios alfileres me provocan. Mi cabeza parece que fuera a estallarme. Sigo en posición horizontal boca arriba sobre el suelo y giro levemente la cabeza de un lado a otro para contemplar el lugar y lograr averiguar qué sitio es este. Hay telarañas en las esquinas del techo, son pequeñas y se mueven con la brisa que imagino que entrará por alguna de las ventanas.

Me duele la cabeza.

Muevo una de las manos y noto algo entre los dedos. Consigo mover el brazo derecho para acercar la mano a mi cara y poder ver de qué se trata. Cuando lo consigo, reprimo un grito y me incorporo sentándome a la velocidad de un rayo. Contemplo mis dos manos ahora, ambas están manchadas, las dos están llenas de sangre. Empiezo a temblar mientras mi respiración y mi frecuencia cardíaca se elevan de manera simultánea. Mi vista va en todas direcciones tratando de encontrar alguna pista sobre lo que ocurre. Mi cuerpo no muestra signos de estar herido. Tampoco parece haber nada a mi vista que me dé alguna solución para este enigma. Me pongo en pie al fin y me doy la vuelta. Ahí es cuando veo algo. Todo el rato ha estado detrás de mí. Me acerco sin dejar de temblar y jadeando por la dificultad respiratoria debido a la situación de ansiedad en la que me encuentro. Mis piernas tiemblan mientras me agacho y temo que me hagan perder el equilibro. Acerco una de mis manos al cuerpo que tengo delante de mí, que no se mueve, ni respira, ni emite calor alguno. Coloco mi mano sobre la espalda de la figura y hago un movimiento suave para girarlo hacia mí y verle la cara al sujeto. Salto hacia atrás en cuanto lo hago, llevándome las manos a la boca con gesto de horror.



Desde fuera, en mitad del silencio nocturno, se oye un ensordecedor grito.


lunes, 28 de noviembre de 2016

Tu amiga soledad acompañada de oscuridad

¿Recuerdas? Hace ya mucho tiempo, aquellos tristes y desesperantes días quedaron atrás.

Nubes grises se mecían sobre tu cabeza día tras día. Cuando no podías hablar pero tampoco podías callar. Y gritabas, gritabas muy fuerte, pero nadie parecía escucharte. Demasiado ocupados con sus propias vidas, que se empeñaban en insistir que eran horribles y llenas de problemas. A ti, que dudaste saber qué era la felicidad.

Vivías en la oscuridad, no porque la luz te diera miedo, sino porque eras incapaz de llegar hasta ella. Aprendiste a vivir a oscuras, en soledad y en silencio. Tu silencio. Porque los gritos no daban tregua, siempre presentes, siempre acompañándote. Te acostumbraste al ruido, al infernal ruido que cernía tu vida. Mientras todos los demás disfrutaban del silencio, de la paz que les otorgaba el silencio del que tú carecías.

Los golpes que te asestaron, uno tras otro sin verlos venir una gran mayoría de veces. Llorabas lágrimas invisibles para los demás, lágrimas saladas que escocían tus mejillas que tiempo atrás habían olvidado a moverse para acompañar a una sonrisa.

La soledad era tu amiga, tu confidente, tu única compañía. A tu alrededor se apiñaban aquellos que decían conocerte, que afirmaban conocer tu historia, e incluso se llegaban a atrever a comentar que te entendían. Te entendían pero nada más. Ahí te quedabas tú, intentando salir del agujero como pudieras, y mientras trepabas por las paredes, nadie había en la cima para animarte y apoyarte en tu ascenso.

Así era tu vida.
Y mientras que los demás parecen no acordarse. Para ti sigue todo tan reciente, tan profundo y tan aferrado a ti, que tus pesadillas no han dejado de atormentarte todavía.

jueves, 20 de octubre de 2016

El monstruo que era

Ay, el amor. La magia del amor.
Sin embargo...

He notado las miradas de los tuyos intentando averiguar si soy tan malo como parezco. También he notado cuando tus ojos buscaban disimuladamente una escapatoria, alguna ayuda por si la necesitaras, alguien cerca que pudiera socorrerte de ser necesario. He sentido el temblor de tus manos al cogerlas entre las mías. Te he visto suspirar con nerviosismo mientras te acariciaba la espalda. He podido oler tu miedo. 

Tiempo atrás no lo entendía, no podía comprender que pudieras tenerme miedo a mí. No era capaz de adaptarme al hecho de que a ojos de todos, incluso de los tuyos, yo no era bueno para ti. Aún hoy sufro de imaginarte entre mis brazos sin llegar a sentirte en paz, sin llegar a sentirte segura.

Yo, que ansiaba que llegara el momento de estar contigo. Que jamás te hice daño ni podría haber pensado en hacerlo. Para mí, estrecharte entre mis brazos era entrar en una paz infinita, un suspiro eficaz que calmaba mi alma. Acariciar tu larga melena mientras veía cómo se enlazaban entre mis dedos ese cabello sedoso.

Te di mi vida y mi alma sin cuestionar absolutamente nada. Te cedí todo aquello que consideraba mío hasta entonces. Te ofrecí mis alas para que volaras tú en lugar de hacerlo yo. Me olvidé de mí para recordarte a ti siempre.

Yo, que dejé de ser un monstruo en el mismo instante en el que te conocí.


domingo, 25 de septiembre de 2016

Aquí estás de nuevo

Aún hoy puedo recordar perfectamente tu sonrisa. La curva que dibujaban tus labios cada vez que me veías. Como si yo mereceriera ese gesto, como si yo mereciera tu sonrisa, como si yo mereciera tu felicidad.

A veces te sigues colando en mis sueños. Es como si tuvieras tu lugar en ellos, aunque no debieras. Apareces de repente, inundando todo con tu luz, con tu alegría, a llenar de felicidad cada rincón.

Debería haberte olvidado ya. Es más, tú deberías haberme olvidado ya. No tendrías que seguir apareciendo en ningún lugar en el que pudiéramos encontrarnos. ¿Cuánto tiempo falta? ¿Cuándo terminarán de cerrar las heridas? ¿Cuándo se formará la cicatriz? ¿Dolerá más o dolerá como lleva doliendo desde la última vez?

Quizá no debería recordar nuestros momentos, ni siquiera los momentos que recuerdo observándote yo a ti, sin que tú lo supieras. Quizá debería seguir con la vida que ya tendría que tener más que hecha sin ti, sin tu recuerdo...

Déjame. Déjame que siga recordándote. Déjame que siga buscándote. Déjame que te siga queriendo. Da igual que ya nada sea igual, que ya nada sea posible. Un día lo fue y con eso me basta.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Quítate la máscara

Llevo tiempo observándote y voy comprobando cómo tus sonrisas vienen y van. Noto cómo tus ojos brillan ante momentos y situaciones que no pensaste vivir. Y parece que quieras ocultar ese deslumbrante brillo, protegerlo, mantenerlo a salvo. Esos ojos han visto cosas que no quieren volver a ver y se preparan para poder cerrarse rápido para intentar sufrir lo menos posible con lo que puedan contemplar.

Quítate la máscara.

Te ves sumergida en un mundo que no conocías, que no te dejaron conocer. Y no quieres admitir cuánto te gusta por si resultara finalmente ser un sueño y nada más. Pero, amiga, tu propio cuerpo va gritando a aquellos que como yo quieran escucharle, que todo eso te gusta, que no quieres que se acabe, que es algo maravilloso y que quieres seguir disfrutando.

Quítate la máscara.

Muestras a todos tu lado más oscuro, más rebelde, más descarado, más sufrido, más fuerte. Sin embargo, poco a poco y sin que te des cuenta, tu lado contrario asoma por pequeños rincones de ti. Y luchas por retenerlo con menos fuerza cada vez. Quizá ya no te importa que escape, quizá te estés dando cuenta de que no compensa. Quieres dejarlo fluir, que salga a flote a este mundo del que ahora formas parte... Pero tienes miedo. Y el miedo puede obligarnos a hacer cosas incomprensibles, irracionales, estúpidas.

Quítate la máscara.

Empieza a darte a cuenta de que vivir merece la pena. Lucha por recuperar toda la felicidad que una vez te arrebataron. Y ríe, ríe con todas tus ganas. Y llora, sé capaz de llorar de alegría, de emoción. Y salta, canta, baila, juega, disfruta. Porque te lo mereces, aunque nunca te lo hayan dicho, aunque tú no lo creas.


Quitate la máscara y muéstrame esa sonrisa de felicidad otra vez, que no me cansaré jamás de contemplarla.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Reflejos

A veces pienso en lo feliz que me haría que volvieras. 

No creo que el tiempo haga posible alguna vez que sea capaz de olvidarte. Esos ojos no son fáciles de olvidar. Tampoco lo son aquellas manos, ni aquella hermosa cabellera que dejabas caer con elegancia y naturalidad sobre cualquier rincón de nuestro hogar. Tu sonrisa alumbrando la más absoluta oscuridad, aquella risa. Ahora todos los detalles me parecen más importantes aún que entonces. Incluso los más insignificantes cobran fuerza cada vez que los recuerdo.

Puedo oír tus pasos caminando por el pasillo. Puedo notar tu calor cuando te metías en la cama. Aún puedo recordar tu perfume entre las sábanas. Al mirarme en el espejo del baño, siento que en cualquier momento vas a aparecer tú, reflejándote en él, con el pelo alborotado y los ojos medio cerrados de sueño. Caminar por esa casa solamente conseguía traerme de nuevo el dolor de tu ausencia. Por eso la abandoné.


 Aún todavía, cuando recorro las calles de nuestra ciudad, soy capaz de verte reflejada en los cristales de los escaparates. Y me giro a menudo por si fuera real, pero nunca lo es. Ya no. Me pasa a menudo. Tu reflejo aparece en cualquier rincón. Y no puedo soportarlo. En cualquier momento parece que pudiera girarme y abrazarte como lo hacía entonces, con la misma fuerza con la que no puedo hacerlo ahora, pero con las mismas ganas.


Todavía tengo dudas de si seré capaz de olvidar el día en el que ese hermoso cuerpo suave, de piel clara y embriagador olor, fue enterrado bajo tierra.





Foto: Noe Mesa.

domingo, 17 de enero de 2016

Tu luz

Llegaste justo cuando todo estaba perdido. Ya no me quedaba nada. Ni sueños, ni fuerzas, ni ilusiones, ni motivación, ni ganas, ni nadie. La soledad era mi única compañera. La única que me guiaba por el amargo camino de la vida real. Y no era suficiente. De hecho, era como no tener nada. Al fin y al cabo, la soledad es eso, ¿no?

Mientras caminaba hacia la profunda oscuridad, allí donde van las almas condenadas a ser infelices para siempre, tú me obligaste a darme la vuelta, a caminar en la dirección contraria. Y fue entonces cuando vi la luz, tu luz, al final del túnel. Poco a poco, y con la gracia natural que posees, me sacaste del hoyo en el que me encontraba.

Y te herí. Te herí como había herido tantas veces a aquellos a quienes nada malo me habían hecho. Mi horrible condición me hacía cometer y decir tantas estupideces que aún sigo sin comprender por qué no te fuiste. Yo no me hubiera aguantado. Sin embargo, tú con todo lo que ya tenías sobre tu espalda, seguiste ahí, a mi lado y como si comprendieras perfectamente qué era todo aquello que me pasaba por la cabeza. Me cambiaste la vida, y me cambiaste a mí. Eres increible.

Y sigues aquí. A pesar de todo. Y no te irás, no te irás porque ya no puedes irte. Los lazos que nos únen son ahora tan grandes que nada en este mundo podría romperlos.

domingo, 1 de noviembre de 2015

Ni uno solo de vosotros

Todos vuestros nombres son como pequeños puñales clavados en el alma. Sois esos horribles seres que no deberían existir.

Os aprovechasteis de su debilidad hasta que se consumió. E incluso tras ese incidente, sacastéis otra faceta vuestra, llorando la pena que no teníais y que no os correspondía sentir. Jamás entenderé cómo puede vivir la gente como vosotros. Malditos seáis todos.

Sois escoria cubiera de mierda. Vivís alimentando vuestras almas con malas artes, llenando vuestros días de malas energías y rodeados de malas personas. Porque ninguno de vosotros merece tener ni una pizca de felicidad en vuestras vidas. Ni uno solo de vosotros.

Me da asco imaginar que algo de vuestra genética pueda estar dentro de mi cuerpo. Me arrancaría la piel a trozos si con ello eliminara cualquier minúscula e insignificante marca de alguno de vosotros. Me arrancaría las entrañas si una sola gota de mi sangre fuera igual que la vuestra.

Os pisaría uno a uno la cabeza con una suela llena de clavos ardiendo, lentamente y disfrutando de vuestro sufrimiento. Porque os lo merecéis. Pequeños sacos de mierda que no sirven para nada. Ojalá la vida os devuelva todas y cada una de las cosas horribles que vivís haciendo. Muchos de vosotros ya pagaron, algunos incluso con la muerte. El precio a pagar por vuestros pecados no debería ser menos.


domingo, 20 de septiembre de 2015

Creo en los milagros

Yo creo en los milagros.

Esos que llegan cuando no parece que hagan falta, cuando aún no son nada, cuando aún no son milagro. Capaces de hacerte soñar como no lo hiciste nunca. Y que, años después, te hacen realidad esos mismos sueños. Te hacen sentir cosas que jamás sentiste pero que siempre deseaste sentir. Te organizan viajes que ni siquieras eras capaz de imaginar.

Mientras tú lloras, ellos fabrican el antídoto anti llantos y, aunque a veces no logren que funcione, siempre tendrán su hombro y miles de pañuelos para enjugar tus lágrimas. Y mientras tú ríes, ellos fotografían el momento para que siempre, siempre, te acuerdes de reir.

Y es que hay milagros que te cambian la vida. Que te hacen sentir la princesa del cuento que siempre quisiste protagonizar. Te suben a esa nube que diseñan especialmente para ti, envuelta entre algodones, para evitarte daños en tierra firme. Te dan la fuerza que necesitas para afrontar todo lo que la vida te obligue a afontrar. Te manifiestan privada y públicamente cuán importante y especial eres, sin tener en cuenta quién mire o quién pueda escuchar. Y cuando te falte creer en ti, ellos creerán por ti.

Será en un momento dado cuando, tras años de constantes muestras como esas, te des cuenta de que el milagro es real, que comparte tu vida y que forma parte de ti.

Y tú, ¿crees en los milagros?


domingo, 31 de mayo de 2015

Soy de ti y para ti

Nunca pensé que podría importarle a alguien. Jamás hubiera imaginado que yo iba a ser el alivio de nadie. Y justamente di a parar como alivio tuyo.

Tú que tanto necesitabas de alguien para evadirte. Tú que me diste la vida que otros me robaron. Tú que me trataste como si fuera alguien especial, en el buen sentido de serlo. Tenía poco para ofrecerte pero te lo quedaste todo e incluso fuiste capaz de sacar aún más cosas de las que ni yo sabía que tenía. Te entregué mis sueños, me hiciste partícipe de los tuyos y fuiste capaz de hacerme fabricar más. Me adentraste en tu fábrica de sueños particular en la que descubrí que soñar, además de gratis, es maravilloso. Me enseñaste que el mundo aún tiene cosas que merezcan la pena, aunque haya que rebuscarlas en lo más profundo de la tierra.

Creo que yo también hice cosas por ti. Te di vida, o quizá otra vida. Te di aventuras y tormentos, discusiones, penurias y malos sentimientos. Aunque gracias a ti aprendí que también puede haber alegría, sonrisas, bromas o amor. Y esas cosas nunca las había conocido. Te di la mano cuando quisiste adentrarte en una faceta de ti que ni siquiera conocías, o que no eras consciente que tenías. Te di la mano y no la he soltado hasta hoy.

Te he visto caer muchas veces, así como cae el ser humano una y otra vez, y jamás te he visto quedarte en el suelo. Y cuando volvías a estar de pie, ahí estaba yo contigo. Siempre contigo. Porque juntos formamos un gran equipo, un equipo secreto, un equipo que va más allá de donde llega la realidad y la razón.

Lo que espero que nunca ocurra es que me eches de tu vida, de ti, de tu cabeza y de tu corazón porque, si ello llegara a ocurrir, espero que recuerdes que no me estás echando a mí, te estás echando a ti misma. Porque, cariño, tú me creaste y yo, sin ti, no existo.