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jueves, 17 de febrero de 2022

Al fondo de un pasillo de hospital

Recuerdo cuando llegó el momento de decidir si ir o no. En mi mente estaba la obligación de acudir, mi sentido de la responsabilidad me lo decía. Mi corazón a esas alturas ya no tenía nada que decir al respecto. Él se mantenía callado desde hacía mucho tiempo cuando tenía que ver con eso. No lo pensé mucho, dije que sí y tiré hacia delante con ello.

Mis pasos me llevaron hasta aquel hospital. Nunca pensé realmente en lo que podía encontrarme. El hospital no me asustaba, me sentía bien rodeada de sanitarios, máquinas que pitan, pasillos con habitaciones, controles de enfermería, y ese olor tan característico que tienen esos lugares. Aquel no me era conocido, pero al fin y al cabo, todos son iguales en lo importante. Recorrí el pasillo algo nerviosa, como casi siempre que estoy en un lugar por primera vez. 

Entré en la unidad de cuidados intensivos. Y aquí los recuerdos empiezan a ser borrosos. No recuerdo si fui yo quién dio los datos, si pregunté algo o no, si me dieron algún tipo de información. Pero jamás olvidaré el momento de entrar en aquel box. Una sola cama, máquina de ventilación mecánica, pie de suero con varios colgados y abiertos, bombas de infusión, cables por todos lados. Sondas que tenían entrada y salida en tu cuerpo, la ropa de cama te tapaba hasta los hombros. El sonido del respirador. Ese murmullo continuo de aquellos artilugios de los que dependías. Aquella luz, típica de un lugar así, que no hacía sino aportar aún más decadencia a aquella escena. 

Y, finalmente, ahí estabas tú. Tu cuerpo. Aquel que conocía tan bien. Toda una vida conociéndolo, viviendo a su lado. Hacía muchísimos años que no me abrazaba a él, pero era el mismo, tu recipiente. Y en ese momento, la vista se me nubló. Eran lágrimas. Mis ojos se habían llenado de lágrimas sin esperarlo, sin saber muy bien por qué, después de tanto tiempo, de tantos años, de tantas miserias. Aquellas lágrimas no te las merecías.

Fue entonces cuando comprendí que aquellas lágrimas no eran para ti, sino para mí. Porque después de tanto tiempo, de tantos llantos, gritos, golpes y rotos, estabas allí, de aquella manera. Lamentaba haberlo deseado alguna vez, pero no podía creer que hubiera pasado realmente. Pensé en la mala suerte que habíamos tenido, que nos perdimos una de las cosas más bonitas y de mayor sentimiento del mundo. Para nosotras, aquello de lo que la gente hablaba y habla, no se correspondió nunca con nuestra realidad. Vivimos sufriendo por un amor que nunca tuvimos, y que hoy, sé que nos merecíamos. Porque ese tipo de amor se lo merece hasta el ser más miserable del universo. A nosotras nos fue negado el amor, la experiencia, el calor, el apoyo, la confianza, la seguridad y, por encima de todo, la inocencia. 

La rabia me invadió entonces. Sufría por tener que estar allí, contemplando aquella escena triste, viendo el cuerpo que tu alma ya no ocupaba. Quería gritar por estar obligada a vivir aquello también, como tantas otras cosas. Deseaba que todo hubiera sido una pesadilla, despertar siendo una cría sin conocimiento ni habilidades y que todo hubiera sido distinto. Haber tenido aquello que nunca comprendí por qué no quisiste darnos. 

Allí, entre mis lágrimas, recibí un abrazo. Un abrazo que sentí mío, que sabía real, que me merecía después de tanto tiempo. Y, como en tantas otras ocasiones, no vino de tu parte. Pero es un abrazo que agradeceré eternamente. 

Salí de allí sabiendo que no volvería, había sido suficiente. No sabía lo que pasaría después, pero era consciente de que aquello había sido una "predespedida", que estaba a punto de cerrar el ciclo más horroso de mi existencia, y que cada vez faltaba menos. 

Ojalá hubieras sido distinta, ojalá todo lo hubiera sido. Ojalá no pudiera escribir esto. 

jueves, 13 de junio de 2019

Un camino de la mano

Alguien me dijo una vez que eso no existía. Supongo que dependerá de muchas cosas, como todo. ¿Pero de verdad ha podido pasarnos a nosotros?

Hace años me hubiera reído en la cara de quien dudara de lo nuestro, de quien se atreviera a insinuar que alguna vez se acabaría. Hoy agacho la cabeza y asiento con resignación. La gente cambia, crece, madura, envejece, sus prioridades cambian, sus gustos cambian pero creo que tú directamente te has convertido en otra persona. Alguien que de haber conocido ayer no hubiera mantenido en mi vida más de cuatro días. Puedes devolverme la baza diciendo que yo he cambiado, pero ambos sabemos que no es así. A mí se me veía venir de lejos, siempre he tenido claro lo que quería y lo que no, pasar en el infierno una temporada es lo que tiene, pero tú has pasado de querer el color blanco a querer el negro, sin grises de por medio. Y lo siento mucho pero yo ya he tenido suficiente negro en mi vida.

Lo peor de todo es que no voy a echarte de menos, no lo hago desde hace mucho, no he notado tu ausencia porque no te necesito. Ni tú a mí, está claro.

Volver la vista atrás me hace darme cuenta de lo inocentes que éramos, pensando que nunca se separarían nuestros caminos, que siempre seguiríamos la vereda con tanta cercanía que podríamos ir cogidos de la mano, como hace tanto tiempo hacíamos. Pensábamos que al final del recorrido seguiríamos ahí como siempre, como hasta entonces. Y ahora me doy cuenta de que hace mucho que tú giraste hacia una dirección y yo en la contraria.

He negado todo esto. He negado lo que claramente veían mis ojos porque mi corazón no estaba preparado para aceptarlo. Tenía miedo. Tenía miedo de no saber vivir sin ti, de necesitarte, de echarte de menos. Y lo más triste de todo es que no he sentido nada de eso. Cuando te miro a los ojos ya no soy capaz de entenderte, para mí eres una persona extraña y tu sola presencia me hace sentir incómodo. Hace tiempo teníamos tanta complicidad y tanta confianza que nuestros silencios estaban llenos de emociones, de palabras. Ahora no queda nada. Hace tiempo tenía claro que mataría por ti, que hubiera recorrido el mundo de haber sido necesario. Ahora sé que no lo haría y que tú tampoco lo harías por mí.

Ambos sabemos que la historia acabó hace tiempo. Se quedará para siempre grabada en las hojas escritas a mano que guardamos en algún rincón de aquella ciudad que creíamos que nos pertenecía. Sellamos con nuestros labios lo que ya no existe. Y solamente puedo estar agradecido de que hayamos formado parte de una historia que, viva o muerta, seguirá existiendo en algún lugar perdido de nuestra memoria.

jueves, 9 de mayo de 2019

La dulce espera

Esta entrada es especial por varios motivos. Principalmente porque no es lo que suelo escribir en el blog y seguidamente porque fue la antesala a mi cambio drástico de vida.

Ni que decir tiene que esto es totalmente personal, entiendo que en el mundo hay de todo y que hay mujeres que tienen más suerte que yo y otras que menos, mujeres que viven las cosas cada una de una forma distinta.


Un mes de mayo, sin previo aviso mi cuerpo decidió que había llegado el momento de vivir una nueva experiencia. Semanas después me hacía un test de embarazo, (bueno, en realidad me hacía tres) con una parte de mi cabeza diciendo "no puede ser, es muy pronto", que daba positivo. Lo hice a lo loco, yo sola y en mi trabajo y con el positivo bien grabado en la retina empecé a temblar. Si alguien se lo pregunta, sí, era buscado, pero digamos que veía lejano el momento hasta que el dichoso test me dio una gran bofetada de realidad en todos los morros. Una vez pasado el shock inicial ya estaba contenta (y por qué no decirlo: acojonada también) y pasé un fin de semana con ilusión, con energía y con una sensación de felicidad que no sé muy bien describir. 

Ilusa de mí que creí que el resto de los nueve meses que me quedaban serían igual de maravillosos. ERROR.

El embrioncito (así fue como el médico de urgencias se refirió a él) decidió ese lunes intentar irse de mi útero, el muy canalla. Tras el leve susto inicial dieron comienzo los peores meses (y no estoy exagerando o solamente un poco quizá) de mi vida hasta ahora. 

Iniciamos con un estupendo mes y medio de reposo en casa. Os pongo en situación: reposo en casa, un cuarto sin ascensor y último piso del bloque, Madrid, VERANO. De repente, encontrándome aún bien (o lo que es lo mismo: desaprovechando los pocos días en los que iba a encontrarme bien hasta 8 meses después) me vi encerrada en casa con la única compañía de mi perro. Mención especial a mi perrete suave porque de no ser por él me hubiera tirado por la ventana. No se separó de mí desde entonces hasta que me fui al hospital con contracciones de parto. Jamás podré agradecerle suficiente todo eso.

Pues bien, hasta pasados unos días del inicio del reposo no tenía más problema. Sí tenía otros síntomas del embarazo pero no vienen al caso. Sin embargo, llegó el fatídico momento en el que apareció la primera arcada. Náuseas que empezaron así sin mucho alboroto pero que iban a suponer el maldito alfiler en el ojo de los meses que me quedaban.

Hasta el día antes del test positivo, entrenaba cinco días a la semana, entrenamientos de verdad, nada de pasearme por el gimnasio con ropa deportiva. Y desde entonces no volví a entrenar porque me lo prohibieron: otra de las maravillosas cosas que me sucedieron en el embarazo. Podía (y debía y lo hice) caminar mucho, y ya los dos últimos meses también asistí a unas clases especiales para embarazadas.

Cuando la barriga empezó a crecer resultaba bonita, tierna y me hacía ilusión verme embarazada. Una vez me vi con la barriga en su máximo esplendor ya había tenido suficiente. Me miraba en el espejo y no podía creerme que alguna vez todo volviera a la normalidad. Y mis náuseas seguían ahí, acompañándome cada día de esta maravillosa experiencia que dicen que es la maternidad...

Los dos últimos meses me sentía tan agotada y tan frustrada que solo deseaba que los días pasaran rápido y llegara pronto el día del parto. Empezaba a pensar que no iba a dejar de tener náuseas nunca más, que me acompañarían el resto de mi vida las horribles arcadas que estaban a mi lado cada día. Y me acompañaron hasta una semana después de parir, las muy canallas.


Y de pronto un día, un poco pasada la fecha de salida de cuentas, empecé con contracciones. Al principio eran dolorosas pero soportables, yo estaba tan feliz que pasé el día de antes de parir jugando a la videoconsola. Estaba feliz por acabar el embarazo ya de una vez y conocer a la personita que iba a robarme el corazón con sus preciosos ojos. Pero entonces las contracciones cesaron y yo rogué que no hubiera sido una falsa alarma. Horas después, justo en ese momento del día en el que por fin podía meterme en la cama a dormir y que pasaran muchas horas rápidamente y sin darme cuenta, vinieron de nuevo y a gran escala. El dolor era insoportable y yo no hacía más que pensar en negativo: no estaba dilatando, ese dolor era el principio del horror, se iba a prolongar muchas horas aquel sufrimiento porque no era aún el momento,... Pero me equivocaba. Cuatro horas después me decían en urgencias que me trasladaban a paritorio porque estaba suficientemente dilatada para quedarme, y fue entonces cuando como por arte de magia, las contracciones se hicieron totalmente soportables y aquel día se convirtió en unos de los más emocionantes, entretenidos y felices de mi vida.


Y, para terminar, voy a dejar claro que todas las cosas que me decían NO se han hecho realidad:

1. Echarás de menos la barriga. ¡já! Estoy feliz de no tener esa enorme barriga redondeada pesándome y haciéndome los movimientos más difíciles.

2. Preferirás los días en los que el bebé estaba dentro y no fuera. Rotundamente no. El sueño acumulado, el cansancio y el enorme trabajo que conlleva un bebé es infinitamente mejor que estar embarazada. Al menos tienes algo a lo que dar besos y mirar con cara de embobada...

3. Te acordarás de lo bien que duermes embarazada en lugar de con un bebé. Mentira. Dormir con la barriga era mucho más molesto que un bebé al lado, las horas se ven truncadas pero con la barriga, los movimientos del bebé y demás no se duerme igual de bien.

4. Cuando estás embarazada estás más guapa. ¿De verdad? Porque yo me miro en el espejo y me veo infinitamente mejor después de dar a luz, la barriga no es nada favorecedora.

5. Echarás de menos estar embarazada y sentir a tu bebé. Si la barriga no la echas de menos, ¿por qué ibas a echar de menos notar las patadas en tu interior que incluso a veces eran dolorosas si ahora hay una cosita linda que huele a gloria y que las patadas ahora las pega al aire cuando está riéndose contigo?

6. El embarazo es lo más fácil. ¿En serio? ¿Qué clase de monstruo tuvo como hijo/a quién dice esta frase? Vale que cuidar, alimentar y criar un hijo no es un camino de rosas, pero como digo siempre: tiene recompensas, el embarazo no tiene recompensa, o al menos no inmediata.

7. El embarazo es la etapa más bonita que vas a vivir. Por favor, permitid que guarde silencio y solamente ría de soberana estupidez.

8. Cuando tienes a tu bebé ya se te olvida todo lo malo que hayas pasado en el embarazo. Mira no, no se te olvida. Lo guardas bien escondido en tu memoria para no recordarlo nunca, a ser posible, pero no se olvida, ni veas a tu bebé, ni tu bebé te cante por bulerías nada más nacer...



¿Que merece la pena? Rotundamente sí. Pero no creemos falsas expectativas a la gente, por favor.


domingo, 5 de mayo de 2019

Día de la madre

Hasta hace muy poco este día para mí no significaba mucho. Solamente podía dar las gracias a  una madre con cuerpo de hombre. Sin embargo, de un tiempo a esta parte he conocido a alguien nuevo, especial, que me ha hecho replantearme cosas que tenía bien escondidas dentro de mí.

He asumido responsabilidades y he empezado a hacer los primeros de los muchos sacrificios que me quedan todavía por esta personita que hace poco llegó a mi vida. Y lo que más me llama la atención es que sé que sería incapaz de hacerle daño a propósito ni desearle nada malo. Jamás.

Mi corazón no puede entender (y mi cabeza no es capaz de tratar de explicárselo) cómo podría llegar a sentir envidia si le sucediesen cosas buenas, si consiguiera sus sueños, si tuviera buenos amigos, si encontrara un amor bueno, en definitiva, si fuera feliz. De hecho, esos son mis objetivos, mi propósito final, incluso cuando coja las riendas de su propia vida: que sea feliz. No sería capaz de mirarla a la cara y decirle que la odio, principalmente porque sería mentira. Me sería imposible usar mi mejor arma para causarle daño alguno. Y, sobre todo, no creo que pudiera desear que algo malo le pasara.

No es la primera vez que alguien me provoca pensar aquella frase típica de "su felicidad es la mía", y puedo asegurar que si nadie ha sentido eso alguna vez se está perdiendo uno de los mejores sentimientos que se pueden experimentar. El dolor, el sueño, el cansancio, la desesperación, la energía, las fuerzas. los ánimos,... todo lo que haga falta sacrificar para conseguirlo. Y que no pese, hacerlo con ganas y con ilusión.

Siempre he creído en los milagros, pero aún hoy soy incapaz de hacerme a la idea de que hay un milagro que he creado yo. Mirar su carita y saber que podría estar horas haciéndolo. Ver cómo crece y saber de su necesidad de mí (de nosotros) para seguir haciéndolo. Llenar habitaciones con su sonrisa. Perderme en sus ojos. Sentir que agarrarse a mi mano es todo lo que necesita para saber que todo está bien, que todo va a ir bien. Ser su todo y corresponderle. Hacerla feliz. Siempre. 



lunes, 31 de diciembre de 2018

¿Balances?

No soy de hacer balances anuales. Me inclino más por vivir el presente pensando en el futuro dejando atrás el pasado. Sin embargo, esta vez es distinto. Digamos que el futuro está muy presente y el pasado parece que no hubiera pasado.

Hice una especie de balance hace exactamente cuatro años. Porque ese diciembre marcó un antes y un después en toda esta historia. No quiero decir que por suerte pero tampoco por desgracia, el caso es que así fue. Y después de estos cuatro años parece que se aproxima un nuevo cambio drástico que va a cambiarlo todo de nuevo. Sin embargo, esta vez la boca no sabe amarga sino dulce y el nudo en el estómago parecen cosquillas y no duele.

Como siempre, nunca sabemos cómo acabarán las historias, ni las que vivimos, ni las que leemos, ni las que escuchamos. Hasta que no llega la palabra fin todo puede pasar. Lo que sí sabemos es cómo comienzan. Hace algo más de trece años conocí a quien se iba a convertir en otra parte de mí, sin la cual esta historia jamás hubiera tenido lugar. Este año tengo que darle el protagonismo absoluto, porque más que nunca lo tiene, en esta historia y en mi vida.

Hace unos años llegó a nuestras vidas la idea de ser los protagonistas de un cuento, de esos de príncipes y princesas, de caballeros y doncellas, de espadas y combates. Lo que empezó como una simple idea muy difícil de realizar, logró hacerse realidad un día del mes de abril. Creo que no tengo palabras suficientes para describir lo que significó ese día para mí, no por los papeles, no por la celebración, sino por el evento. Todavía no soy capaz de creerme que verdaderamente me sintiera como una princesa de uno de esos cuentos que de pequeños nos llenan la cabeza de monstruos, malvados y héroes. Aquí no hicieron falta héroes, ni magos, ni hadas, la magia la creamos entre todos. Sí, magia. Porque la magia no es lanzar hechizos, ni volar con polvo de hada, ni realizar conjuros junto a un caldero. La magia es mucho más. Magia es ver las caras de las personas a las que quieres llenas de alegría y sin que les falte una sonrisa en el rostro. Magia es hacer realidad los sueños. Magia es no necesitar nada para ver juntos a quienes nunca pensaste que serían capaces de chocar sus manos con auténtica felicidad y ganas de hacerlo. Magia es que suene la música y lo único que exista en ese momento sean dos personas. Magia es saber que esto es lo que quieres.

Y cuando el cuento acaba, los vestidos se desabrochan, las botas se quitan y las coronas caen de la cabeza, ya sólo quedan imágenes, en nuestra memoria y en las fotografías.
Pero entonces, mucho antes de que el vestido pierda su blancura, llega un nuevo acontecimiento. Una novedad que nos llena de alegría, miedo, incredulidad, ilusión, esperanza y aprendizaje. Algo que no sabemos cómo va a terminar pero que esperamos convertir en una parte importante más de nuestra historia.

miércoles, 8 de agosto de 2018

Crack

Un buen día decidí apartar de mi vida a quienes no me aportaban nada, y si lo hacían no eran cosas buenas. Aparté a quienes no estuvieron en momentos difíciles, importantes. A quienes hicieron pactos en los que me dejaron fuera sin razones ni motivos, ayudándose mutuamente sin contar conmigo. Recalco, en momentos importantes.

Quizá no se den jamás por aludidos, porque como ocurre siempre, cada historia tiene dos versiones, y cada ojo que la mira podrá sacar otra distinta. Mis ojos vieron lo que vieron, y desde entonces a ellos les cambiaron el color. Nunca más serían colores claros, puros, sinceros, confiables. Desde entonces fueron tonos oscuros, peligrosos, nada confiables, hipócritas. Y hasta ahora no me he equivocado.

Pasa el tiempo y lo que un día parecía para siempre, cuando sonó ese crack empezaron a asomar por las grietas verdades que habían estado ocultas. Verdades que aunque siempre habían estado ahí nunca las había visto, posiblemente porque no había querido verlas, quizá porque aún no había habido ocasión de salir a luz.

Y llegados a este punto, en el que ya no queda nada, lo difícil es decir adiós. Porque para decir adiós sin más, no puede haber palabras y frases atrapadas en la garganta. Para que un adiós sea de verdad, sin titubeos, sin rodeos y dicho con facilidad, tiene que estar todo cerrado. Y en este caso no lo está. Ni lo estará nunca. Simplemente porque odio a las personas que llevan unas alas negras escondidas entre la ropa, que se colocan lentillas de colores vivos para ocultar sus ojos negros como el carbón.

martes, 19 de septiembre de 2017

Una princesa y una enfermera

Ayer unas personas se sorprendieron cuando les dije que no me gusta salir de fiesta, que no me va emborracharme cada fin de semana, que no comparto que la definición de salir sea "ir de bares" y que las noches me gusta pasarlas durmiendo en mi cama.


No es la primera vez que cuando la gente se entera de eso sobre mí, me mira de arriba abajo como si lo que les digo no me pegara para nada. Lo que a mí me hace sentirme orgullosa, en lugar de cohibida. No es novedad que la gente me diga que no se esperaban que me gustaran tal o cuales cosas.


Sin embargo, así soy. Y para nada me avergüenzo. Prefiero pasar la tarde jugando con la pelota y mi perro, echar horas y horas de juegos de mesa (incluso una partida de Eldrich Horror que empiece a las 7 de la tarde y termine a las 5 de la mañana para después de tantas horas acabar perdiendo...), disfrazarme, ir a roles en vivo, viajar,... Un día puedo ser la enfermera que acompaña a un paciente en su enfermedad terminal lo mejor que puede y al día siguiente puedo estar matando trolls vestida de elfa.


Por no hablar de mis gustos. Lo mismo veo series de Zombies que Floricienta por cuarta vez (360 capítulos más o menos). Mi película favorita es Love Actually pero que el mejor libro en mis manos puede ser cualquier thriller de misterio, asesinatos e intrigas. Mi grupo de música favorito desde que era bebé es Mecano pero en mis listas de reproducción nunca faltan canciones de Cristian Castro o Nickelback. Me encanta pasar horas en el sofá leyendo un libro así como pegarme dos horas en el gimnasio dando puñetazos, levantando pesas o haciendo series de abdominales en las que parece que se te van a salir las tripas de dolor. 

Pero mentiría si dijese que no me gusta tener el armario lleno de modelitos, faldas y vestiditos monos, seguir las tendencias de la moda y leer y ver vídeos sobre ello. Mentiría si dijera que odio sentarme delante de mi tocador y disfrutar de la textura de cada brocha sobre mi rostro, el olor de la base de maquillaje, practicar con el ensayo error de las sombras de ojos, ver cómo cambia la mirada una simple máscara de pestañas y llenar mis labios de color.



¿Y os digo algo? Se puede ser todo esto. Se puede ser todo esto y más. Puedes ser lo que quieras, solo tienes que hacerlo.

viernes, 14 de octubre de 2016

Vivir lo nuestro

Me han dicho que cuándo pienso madurar, que si voy a estar toda la vida jugando a juegos y soñando con las princesas Disney.

Lo primero que me viene a la cabeza tras ese interrogante es qué se considera madurar. Para mí, madurar es darte cuenta de lo que cuesta trabajar y ganar dinero para poder vivir. Madurar, para mí, es comprender que la vida puede ser muy dura pero que no debemos ponernos excusas para no seguir adelante, que hay que luchar por seguir en pie, por seguir consiguiendo todo aquello que queramos conseguir. Para mí , madurar significa emprender un viaje hacia la independencia, hacia el futuro que queremos para nosotros y hacerlo por nuestros propios medios. Madurar es responsabilizarnos de nosotros mismos, de nuestros actos y responsabilizarnos también de aquellos que están bajo nuestra custodia, y todo ello hay que hacerlo siempre y bajo cualquier circunstancia. 
Madurar, para mí, conlleva muchas cosas, y no creo en absoluto que me encuentre caminando en la dirección contraria.

Dicho esto, no soy capaz de comprender por qué es inmaduro hacer aquello que me gusta. Sobre todo teniendo en cuenta que con nada de lo que me gusta hago daño a nadie. Hago, básicamente, lo que me da la gana. Y, por encima de todo, lo que me hace feliz.

¿Qué importará a nadie si veo de vez en cuando alguna película de Disney? ¿A quién le molestará que disfrute cantando las canciones de Floricienta? ¿Qué daño podré causar por rolear metiéndome en la piel de cualquier personaje fantástico que me aporte la diversión y el crecimiento que busco? ¿Por qué la gente tiene que estar metiéndose en la vida de los demás?

A estas alturas, lo único que he podido sacar en conclusión es que, fijándome en las vidas de todos aquellos que alguna vez me han acusado de ser infantil o inmadura, puedo comprender que no les guste lo que ven sus ojos. Debe de joder ver a alguien feliz, que disfruta con lo que hace, que se ilusiona exactamente igual o incluso más que cuando era niña, que se emociona con cosas que a simple vista no deben emocionar a alguien de su edad, que vive sus momentos de magia como si ésta verdaderamente existiera. Imagino que les debe joder ver a alguien disfrutar de la vida, tenga la edad que tenga.

Por mi parte, mientras pueda y me continúe gustando hacerlo, seguiré disfrutando con Disney, seguiré acudiendo a roles en vivo o jugando a juegos de mesa, seguiré emocionándome abiertamente y sin temor al "qué dirán con la edad que tengo" con cualquier cosa que me emocione. 

Sin más, seguiré viviendo.


domingo, 1 de noviembre de 2015

Ni uno solo de vosotros

Todos vuestros nombres son como pequeños puñales clavados en el alma. Sois esos horribles seres que no deberían existir.

Os aprovechasteis de su debilidad hasta que se consumió. E incluso tras ese incidente, sacastéis otra faceta vuestra, llorando la pena que no teníais y que no os correspondía sentir. Jamás entenderé cómo puede vivir la gente como vosotros. Malditos seáis todos.

Sois escoria cubiera de mierda. Vivís alimentando vuestras almas con malas artes, llenando vuestros días de malas energías y rodeados de malas personas. Porque ninguno de vosotros merece tener ni una pizca de felicidad en vuestras vidas. Ni uno solo de vosotros.

Me da asco imaginar que algo de vuestra genética pueda estar dentro de mi cuerpo. Me arrancaría la piel a trozos si con ello eliminara cualquier minúscula e insignificante marca de alguno de vosotros. Me arrancaría las entrañas si una sola gota de mi sangre fuera igual que la vuestra.

Os pisaría uno a uno la cabeza con una suela llena de clavos ardiendo, lentamente y disfrutando de vuestro sufrimiento. Porque os lo merecéis. Pequeños sacos de mierda que no sirven para nada. Ojalá la vida os devuelva todas y cada una de las cosas horribles que vivís haciendo. Muchos de vosotros ya pagaron, algunos incluso con la muerte. El precio a pagar por vuestros pecados no debería ser menos.


domingo, 12 de abril de 2015

No somos más que gasas y betadine

El otro día me dijeron: "¿La enfermera qué hace? Pues echar betadine y poner gasas, ¿no?".

La verdad, no os miento, me sonó totalmente normal. Eso es lo que mucha, pero mucha mucha gente, piensa que hacemos las enfermeras. No nos ven más allá de echar betadine, poner tiritas o pinchar culos. Y ya está. Una carrera de tres años (ahora cuatro) con asignaturas en las que se estudian, por ejemplo, este tipo de cosas:

- Fundamentos de enfermería: ¿qué es una tirita y para qué sirve?

- Historia de la enfermería: ¿Cuándo se inventó la primera tirita y cómo era?

- Enfermería médico-quirúrgica: ¿Cómo aplicar correctamente el betadine en una herida?

- Enfermería comunitaria: ¿Cuándo y cómo pinchar un culo con distintas medicaciones?


Densos conocimientos para tres/cuatro años. Complicados y completos temarios, sin lugar a dudas.

No sé cómo a las personas que piensan así no les da vergüenza. A mí se me caería la cara de decirle a un policía que lo único que hace es poner multas. O a un psicólogo que sólo sabe tratar depresiones.
Me gustaría ver a toda esa gente a pie de cama en un hospital junto a un enfermo terminal y su familia. O verles acompañando a un paciente oncológico mientras le pasa el quimioterápico intravenoso. O conseguir razonar con un niño para que se deje poner las vacunas correspondientes.

Porque, lo quieran o no, la enfermería es mucho más de lo que se cree. La enfermería tiene un poquito de muchas otras ciencias, porque damos la cara, porque somos los que más tiempo pasamos con los enfermos, porque tenemos el privilegio y el deber de ser los encargados de promocionar y educar para la salud de las personas, porque las familias se apoyan en nosotros, porque nuestro trato es más cercano, porque estamos más que aleccionados para ver más allá de las enfermedades, para encontrar a la persona más allá del paciente.


Sin embargo, habrá que seguir luchando y levantando la cabeza y las manos para que se nos reconozca como lo que somos.

viernes, 4 de abril de 2014

Letras y palabras

"Estado pensando en ke entrada escrivir y creo ke esta ba ha ser la mas indicada"


¿Os han sangrado los ojos? A mí me pasa continuamente.

El problema con la faltas de ortografía y gramática son cada vez peores. No soy experta en el arte de la escritura, la lengua, la filología, ni nada de eso, pero lo que sí soy es una amante de la lectura. De cualquier tipo: periódicos, cómics, libros, blogs, revistas,... Pero no soporto las faltas de ortografía.

No puedo entender que personas con estudios, e incluso con títulos universitarios, cometan faltas tan graves como "valla" como exclamación, o "a sido". Por no hablar de las tildes... que parece que ni las conocen.

Lo gracioso de todo es que, muchos de ellos, cuando les indicas cómo se escribe o dice correctamente te sueltan cosas como: "¿Es que tú no te equivocas?", "Yo es que hablo así", "Eso no tiene importancia". O mi favorito: "Es que es el lenguaje que se puso de moda con los sms". A mí no me cuesta nada escribir bien por mensajería instantánea como WhatsApp, Telegram, chats, incluso cuando estaba en auge Messenger. Entiendo lo del "lenguaje sms", pero eso ya pasó. Yo misma acortaba las palabras, escribía "q" en vez de "que", "akbar" en vez de "acabar" o "tkro" en vez de "te quiero", pero esa época ya pasó, y ahora no te cobran más por enviar más palabras. Así que esa excusa no me vale bajo ningún concepto.

No es sólo por los demás, sino por nosotros mismos. Es decir, te puede dar igual que a los demás les cueste entenderte, piensen que eres un ignorante, o cualquier otra cosa, pero ¿qué pasa contigo mismo? ¿No te importa ser consciente de que no tienes ni puñetera idea de cómo se escribe tal palabra, o cómo se pronuncia tal cosa o qué significa una palabra en particular? Porque a mí cuando eso me pasa, voy a un diccionario (o a Google que lo sabe todo) y busco cómo se escribe la palabra que sea (y lo hago bastante a menudo, que ya os he dicho que no soy experta y alguna vez se me escapa alguna burrada). Pero muchos prefieren escudarse en "es que yo soy así" o "bueno, pero no pasa nada, no es para tanto". Pero sí es para tanto.

La mayoría de las personas a las que me refiero son jóvenes, jóvenes que son los que en unos años dirigirán empresas, darán clase a nuestros hijos, tratarán enfermedades o nos venderán el pan. Entiendo que haya gente mayor que no sepa escribir, leer, o que no tenga ni idea de qué palabras llevan tilde, o tal o cuales consonantes. Porque la vida antes era muy distinta a como lo es ahora. Antes no tenían los mismos recursos de los que disponemos hoy día, y muchas personas vivían ajenas totalmente a la lengua escrita. Pero eso no es así en este tiempo, o por lo menos, no lo es para la mayoría. Y no puedo entender que personas con posibilidades de acceder a libros, diccionarios y correctores escriban barbaridades por internet que estén a la vista de todo el mundo. ¡Aunque sólo sea por amor propio!

Conozco gente con los que ya he dado el asunto por perdido y me parece triste, aunque no será mi problema dentro de unos años.



 




¡Hasta la próxima!

martes, 11 de marzo de 2014

Martes con "m"

Hoy traigo una entrada diferente.

Voy a hablaros del que se ha convertido en uno de los grandes libros de mi estantería. Un libro que merece la pena leer, aunque sea una vez. Un libro que muchos califican de muy triste. Y realmente lo es, pero también es real (es un hecho verídico). Te muestra las cosas que son importantes, aunque eso no lo aprendemos hasta que no es demasiado tarde. Un libro que está narrado de labios de un hombre viejo, y según se dice, los viejos son los más sabios.

El libro se titula "Martes con mi viejo profesor" y es de Mitch Albom.

La historia se centra en un antiguo profesor de este tal Mitch, que a su larga edad, es diagnosticado de ELA (Esclerosis Lateral Amiotrófica). Y os recomiendo, verderamente, que lo leáis. Es un libro muy sentimentaloide y triste, triste hasta agotar, pero me ha encantado.

Para el que no lo sepa, también os recomiendo que conozcáis de qué trata esta enfermedad, porque yo la conocí durante mis prácticas, a mitad de segundo de carrera, y jamás se me olvidará. Me parece una enfermedad tan cruel que nunca olvidaré a aquella señora que conocí con ella en fase terminal. A mí no me habían hablado de la ELA nunca, ni en la carrera, y no sabía nada acerca de esa enfermedad. Me parece una de las enfermedades conocidas más crueles que existen. Por supuesto que hay muchas enfermedades malísimas u odiadas, y que se llevan a gente todos los días, pero hablando de esta en particular, se lleva la palma.

Sin más, aquí os dejo unos párrafos de este libro del que os hablo:


"La vida es una serie de tirones hacia atrás y hacia delante. Quieres hacer una cosa pero estás obligado a hacer otra diferente."


"Son muchas las personas que van por ahí con una vida carente de sentido. Parece que están medio dormidos, aun cuando están ocupados haciendo cosas que les parecen importantes. Esto se debe a que persiguen cosas equivocadas. La manera en que puedes aportar un sentido a tu vida es dedicarte a amar a los demás, dedicarte a la comunidad que te rodea y dedicarte a crear algo que te proporcione un objetivo y un sentido."

"A veces no eres capaz de de creerte lo que ves, tienes que creer lo que sientes. Y si quieres que los demás lleguen a confiar en ti, también tú debes sentir que puedes confiar en ellos. Aunque estés a oscuras. Aunque te estés cayendo."






                                                                                                                                                                              ¡Hasta la próxima!

sábado, 22 de febrero de 2014

Me colé en una fiesta

El otro día, una amiga me dijo que debería salir e irme de fiesta para despejarme.

Bien, he visto oportuno sacar este tema a relucir aquí: salir de fiesta.

Odio salir de fiesta. Me gusta divertirme, pasar tiempo con mis amigos, bailar, cantar, beber un poco... Pero no tiene que ser todo en la misma noche. Por supuesto que me gusta divertirme, como a todo el mundo, pero mi plan de diversión no es salir de fiesta.

No necesito meterme en un local con música alta y tener un cubata en la mano. No necesito pagar un pastizal por entrar a un sitio lleno de gente, en el que voy a pasar de pie cinco horas, que me cobren el triple por algo que puedo beber en mi casa, llenarme mis bonitos zapatos de orina y/o vómito cada vez que voy al servicio, tener que apartar salidos que sólo buscan algo relacionado con el sexo, no poder hablar absolutamente nada con nadie sin tener que gritar o soportar que me griten en mi oído, aguantar música que no me gusta, acabar con un dolor de pies insoportable (o llevar unas manoletinas en el bolso para cambiármelas en mitad de la noche por mis zapatos de tacón), estar pendiente del bolso para evitar sustracciones indeseadas, llegar a mi casa a las tantas echando a perder todo el día siguiente por el cambio de sueño y/o la resaca.


No sé qué le ve la gente a ese tipo de actividades de ocio. Respeto a quien le guste, pero si tú no haces lo mismo, encima eres el bicho raro. ¡Hay que joderse!

Para estar con los amigos puedes estar en un bar sentado en una mesa, en casa, en un parque, incluso en algún coche (¿por qué no?). ¡Y para esos sitios no hay que pagar entrada!
Para bailar y cantar, puedo bailar en mi casa, o donde me apetezca, cada vez que quiera y la música que yo quiera.
Para beber... bueno, no soy muy bebedora de alcohol pero, ¿acaso no puedo beber mejor alcohol (o cualquier otro tipo de bebida) en mi casa?.


Disculpadme, pero yo prefiero pasar una tarde y/o una noche entera rodeada de amigos en casa, con bebidas, aperitivos, risas, juegos y un sin fin de cosas más. Y os aseguro que eso es todo lo que necesito para hacer mi tiempo de ocio perfecto.


¡Hasta la próxima!